lunes, 25 de agosto de 2014

Nadie dijo que fuese fácil

Levante la cabeza pretendiendo mirar hacia adelante como cada día.
La giré a un lado, a otro, pero todo estaba igual. Eso era exactamente lo que siempre temí. ¿Igual? No, yo no quería que todo estuviese igual.
Dar el mismo paso un día tras otro. La misma huella. El mismo zapato. No, yo no quería eso. Quería otra ilusión, otra esperanza, otro amor, otros pasos, otra tierra donde pisar, otros zapatos. Quería seguir viendo el avance en mí. Ver de que soy capaz. Hasta donde puedo llegar y hasta donde puedo seguir llegando después de ello.

Levante la cabeza pretendiendo mirar hacia adelante como cada día y no vi nada. El muro rodeaba hasta donde alcanzaba la vista, grueso, oscuro, de alarmantes grietas húmedas y piedras puntiagudas.
Mientras contemplaba como las fuerzas se iban debilitando, como mis huellas se iban borrando, los zapatos se desgastaban y como todo a mi alrededor se inundaba, decidí buscar, irresponsable de mis actos e impulsos, por toda la habitación con la esperanza de ver unos zapatos nuevos. Con la ilusión de marcar otra huellas. De dibujar otro camino mientras ese muro se iba derribando.
Aprendería la mejor manera de ir cayendolo a trocitos si hacía falta. Aprendería la mejor manera de esperar a que ese muro se fuese rompiendo. Aprendería a amarlo, a amar las cosas que me fuese dando mientras tanto. Lloraría, me agobiaría, sentiría la soledad mas cerca que nunca, caería una y otra vez... Pero eso formaría parte de ese camino y esas huellas. De ese amor a la espera. De esa esperanza e ilusión que me harían levantar cabeza cada mañana con ganas. Que me haría mirar a una lado, a otro y ver mucha claridad. 

Levante la cabeza pretendiendo mirar hacia adelante como cada día y, pensé que, la paciencia es una virtud y un don que hay que saber trabajar, que hay que aprender a formar en uno mismo, saber cuidarla y llevarla siempre que el muro se levante.